The Message

Judges 19

The Levite

11-4 It was an era when there was no king in Israel. A Levite, living as a stranger in the backwoods hill country of Ephraim, got himself a concubine, a woman from Bethlehem in Judah. But she quarreled with him and left, returning to her father’s house in Bethlehem in Judah. She was there four months. Then her husband decided to go after her and try to win her back. He had a servant and a pair of donkeys with him. When he arrived at her father’s house, the girl’s father saw him, welcomed him, and made him feel at home. His father-in-law, the girl’s father, pressed him to stay. He stayed with him three days; they feasted and drank and slept.

5-6 On the fourth day, they got up at the crack of dawn and got ready to go. But the girl’s father said to his son-in-law, “Strengthen yourself with a hearty breakfast and then you can go.” So they sat down and ate breakfast together.

6-7 The girl’s father said to the man, “Come now, be my guest. Stay the night—make it a holiday.” The man got up to go, but his father-in-law kept after him, so he ended up spending another night.

8-9 On the fifth day, he was again up early, ready to go. The girl’s father said, “You need some breakfast.” They went back and forth, and the day slipped on as they ate and drank together. But the man and his concubine were finally ready to go. Then his father-in-law, the girl’s father, said, “Look, the day’s almost gone—why not stay the night? There’s very little daylight left; stay another night and enjoy yourself. Tomorrow you can get an early start and set off for your own place.”

10-11 But this time the man wasn’t willing to spend another night. He got things ready, left, and went as far as Jebus (Jerusalem) with his pair of saddled donkeys, his concubine, and his servant. At Jebus, though, the day was nearly gone. The servant said to his master, “It’s late; let’s go into this Jebusite city and spend the night.”

12-13 But his master said, “We’re not going into any city of foreigners. We’ll go on to Gibeah.” He directed his servant, “Keep going. Let’s go on ahead. We’ll spend the night either at Gibeah or Ramah.”

14-15 So they kept going. As they pressed on, the sun finally left them in the vicinity of Gibeah, which belongs to Benjamin. They left the road there to spend the night at Gibeah.

15-17 The Levite went and sat down in the town square, but no one invited them in to spend the night. Then, late in the evening, an old man came in from his day’s work in the fields. He was from the hill country of Ephraim and lived temporarily in Gibeah where all the local citizens were Benjaminites. When the old man looked up and saw the traveler in the town square, he said, “Where are you going? And where are you from?”

18-19 The Levite said, “We’re just passing through. We’re coming from Bethlehem on our way to a remote spot in the hills of Ephraim. I come from there. I’ve just made a trip to Bethlehem in Judah and I’m on my way back home, but no one has invited us in for the night. We wouldn’t be any trouble: We have food and straw for the donkeys, and bread and wine for the woman, the young man, and me—we don’t need anything.”

20-21 The old man said, “It’s going to be all right; I’ll take care of you. You aren’t going to spend the night in the town square.” He took them home and fed the donkeys. They washed up and sat down to a good meal.

22 They were relaxed and enjoying themselves when the men of the city, a gang of local hell-raisers all, surrounded the house and started pounding on the door. They yelled for the owner of the house, the old man, “Bring out the man who came to your house. We want to have sex with him.”

23-24 He went out and told them, “No, brothers! Don’t be obscene—this man is my guest. Don’t commit this outrage. Look, my virgin daughter and his concubine are here. I’ll bring them out for you. Abuse them if you must, but don’t do anything so senselessly vile to this man.”

25-26 But the men wouldn’t listen to him. Finally, the Levite pushed his concubine out the door to them. They raped her repeatedly all night long. Just before dawn they let her go. The woman came back and fell at the door of the house where her master was sleeping. When the sun rose, there she was.

27 It was morning. Her master got up and opened the door to continue his journey. There she was, his concubine, crumpled in a heap at the door, her hands on the threshold.

28 “Get up,” he said. “Let’s get going.” There was no answer.

29-30 He lifted her onto his donkey and set out for home. When he got home he took a knife and dismembered his concubine—cut her into twelve pieces. He sent her, piece by piece, throughout the country of Israel. And he ordered the men he sent out, “Say to every man in Israel: ‘Has such a thing as this ever happened from the time the Israelites came up from the land of Egypt until now? Think about it! Talk it over. Do something!’”

Nueva Versión Internacional (Castilian)

Jueces 19

El levita y su concubina

1En la época en que no había rey en Israel, un levita que vivía en una zona remota de la región montañosa de Efraín tomó como concubina a una mujer de Belén de Judá. Pero ella le fue infiel y lo dejó, volviéndose a la casa de su padre, en Belén de Judá. Había estado allí cuatro meses cuando su esposo fue a verla para convencerla de que regresara. Con él llevó a un criado suyo y dos asnos. Ella lo hizo pasar a la casa de su propio padre, quien se alegró mucho de verlo. Su suegro, padre de la muchacha, lo convenció de que se quedara, y él se quedó con él tres días, comiendo, bebiendo y durmiendo allí.

Al cuarto día madrugaron y él se dispuso a salir, pero el padre de la muchacha le dijo a su yerno: «Repón tus fuerzas con algo de comida; luego podrás irte». Así que se sentaron a comer y a beber los dos juntos. Después el padre de la muchacha le pidió: «Por favor, quédate esta noche para pasarla bien». Cuando el levita se levantó para irse, su suegro le insistió de tal manera que se vio obligado a quedarse allí esa noche. Al quinto día madrugó para irse, pero el padre de la muchacha le dijo: «Repón tus fuerzas. ¡Espera hasta la tarde!» Así que los dos comieron juntos.

Cuando el hombre se levantó para irse con su concubina y su criado, su suegro, que era el padre de la muchacha, le dijo: «Mira, está a punto de oscurecer, y el día ya se termina. Pasa aquí la noche; quédate para pasarla bien. Mañana podrás madrugar y emprender tu camino a casa». 10 No queriendo quedarse otra noche, el hombre salió y partió rumbo a Jebús, es decir, Jerusalén, con sus dos asnos ensillados y su concubina.

11 Cuando estaban cerca de Jebús, y ya era casi de noche, el criado le dijo a su amo:

―Vamos, desviémonos hacia esta ciudad de los jebuseos y pasemos la noche en ella.

12 Pero su amo le replicó:

―No. No nos desviaremos para entrar en una ciudad extranjera, cuyo pueblo no sea israelita. Seguiremos hasta Guibeá.

13 Luego añadió:

―Ven, tratemos de acercarnos a Guibeá o Ramá, y pasemos la noche en uno de esos lugares.

14 Así que siguieron de largo, y al ponerse el sol estaban frente a Guibeá de Benjamín. 15 Entonces se desviaron para pasar la noche en Guibeá. El hombre fue y se sentó en la plaza de la ciudad, pero nadie les ofreció alojamiento para pasar la noche.

16 Aquella noche volvía de trabajar en el campo un anciano de la región montañosa de Efraín, que vivía en Guibeá como forastero, pues los hombres del lugar eran benjaminitas. 17 Cuando el anciano miró y vio en la plaza de la ciudad al viajero, le preguntó:

―¿A dónde vas? ¿De dónde vienes?

18 El viajero le respondió:

―Estamos de paso. Venimos de Belén de Judá, y vamos a una zona remota de la región montañosa de Efraín, donde yo vivo. He estado en Belén de Judá, y ahora me dirijo a la casa del Señor, pero nadie me ha ofrecido alojamiento. 19 Tenemos paja y forraje para nuestros asnos, y también pan y vino para mí y para tu sierva, y para el joven que está conmigo. No nos hace falta nada.

20 ―En mi casa serás bienvenido —dijo el anciano—. Yo me encargo de todo lo que necesites. Pero no pases la noche en la plaza.

21 Así que lo llevó a su casa y dio de comer a sus asnos y, después de lavarse los pies, comieron y bebieron.

22 Mientras pasaban un momento agradable, algunos hombres perversos de la ciudad rodearon la casa. Golpeando la puerta, le gritaban al anciano dueño de la casa:

―¡Saca al hombre que llegó a tu casa! ¡Queremos tener relaciones sexuales con él!

23 El dueño de la casa salió y les dijo:

―No, hermanos míos, no seáis tan viles, pues este hombre es mi huésped. ¡No cometáis con él tal infamia! 24 Mirad, aquí está mi hija, que todavía es virgen, y la concubina de este hombre. Las voy a sacar ahora, para que las abuséis y hagáis con ellas lo que os parezca bien. Pero con este hombre no cometáis tal infamia.

25 Aquellos perversos no quisieron hacerle caso, así que el levita tomó a su concubina y la echó a la calle. Los hombres la violaron y la ultrajaron toda la noche, hasta el amanecer; ya en la madrugada la dejaron ir. 26 Despuntaba el alba cuando la mujer volvió, y se desplomó a la entrada de la casa donde estaba hospedado su marido. Allí se quedó hasta que amaneció.

27 Cuando por la mañana su marido se levantó y abrió la puerta de la casa, dispuesto a seguir su camino, vio allí a su concubina, tendida a la entrada de la casa y con las manos en el umbral. 28 «¡Levántate, vámonos!», le dijo, pero no obtuvo respuesta. Entonces el hombre la puso sobre su asno y partió hacia su casa.

29 Cuando llegó a su casa, tomó un cuchillo y descuartizó a su concubina en doce pedazos, después de lo cual distribuyó los pedazos por todas las regiones de Israel. 30 Todo el que veía esto decía: «Nunca se ha visto ni se ha hecho semejante cosa desde el día que los israelitas salieron de la tierra de Egipto. ¡Pensad en esto! ¡Consideradlo y decidnos qué hacer!»